La Niña Que No Sabía Qué Quería

Erase una vez una niña que no sabía lo que quería, hasta que decidió que lo sabría. Había pasado tanto tiempo sin poder saber, sin su poder, que esta idea parecía extraña y rara, no más que el impacto de darse cuenta de que no sabía qué querer. Pero esta chica se dio cuenta de que si no cambiaba, nunca sabría lo que podría ser suyo. Y luego emprendió un viaje, no sin miedo, para averiguar qué quería y leyó: LO QUE QUIERO, LO SÉ YO. Poco a poco, la mujer fue tomando conciencia de que la ceguera era tan duradera que tendría que correr un riesgo si quería abandonar el bosque en el que había entrado, creyendo que nada en la vida había logrado muy bien. Tanteando, caminó. Quiero esto, quiero aquello, tenía más o menos sentido. La vida le hablaba, le mostraba cuándo se apartaba. Hubo muchas desviaciones, de hecho, hasta que se dio cuenta de que solo dependía de ella estar en paz. Atravesando aquí lo que no era bueno para ti, regando allá la esperanza de llegar más allá. Y regaba y podaba y regaba y podaba y hubo un día en que se dio cuenta de que tendría que plantar nuevas semillas. Pasó unos días entre la tristeza y el crujir de dientes. En esa Luna Llena, se levantó y encontró las nuevas semillas. En Luna Nueva, plantó. Y regó y regó y regó. En la Primavera, florecieron y la mujer se liberó. Ahora tenía lo que quería y más: se había convertido en la misma flor que siempre había estado esperando.

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